jueves 17 de noviembre de 2011

Duendecillos

A costa de vivir solo durante años, la imaginación se disparaba. La visión de reojo jugaba malas pasadas: mi propia sombra que se movía y me hacía imaginar que era otra cosa, las luces del televisor que provocaban efectos fugaces sobre la pared, el cambio brusco de colores y tonalidades al girar la cabeza,... O los sonidos sin causa aparente, como el de los crujidos de la madera, el de los murciélagos en las persianas, los pájaros en las ramas de los árboles de alrededor, o simplemente el de los vecinos pesados tras la pared. Por supuesto, la parte racional de mi mente me decía que todo aquello tenía un motivo. Pero cuando me dejaba abandonar al sueño y a la imaginación, la otra parte indicaba si acaso eso no era debido a la existencia de duendecillos en casa.

Eso me ha venido ocurriendo hasta bien poco, desde que la gata ha llegado al piso y ha cazado sistemáticamente y engullido a todos los duendecillos. Ahora ella es la duendecilla. Si hay un ruido extraño, ella es la causante, si las cortinas se ondulan, es que ella las mueve, si los bolígrafos me desaparecen es que la bicha es tan rara que en vez de jugar con ovillos de lana le da por hacerlo con bolígrafos. El suelo del salón está lleno de lápices y bolígrafos mordisqueados. A veces me fastidia, sobre todo cuando se trata de un bolígrafo caro de punta fina con los que se puede escribir letra minúscula. Pero viendo lo bien que se lo pasa, y el placer con que los muerde y los babea, me da lástima y no sé qué quitárselos.

1 comentarios:

  1. Jajajajaja. ¿Quién no se enternece con esos pequeños monstruos?.

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