Es curioso cómo los acontecimientos tienden a concentrarse, a disponerse paralelos. Precisamente en estos días en los que ando con discusiones sobre el papel de los padres en la educación, da la causalidad que veo "Un dios salvaje", la última de Polanski. Más que una película debe concebirse como una obra de teatro. Sólo hay cuatro personajes en toda la cinta (visibles, después hay gente con la que se habla por teléfono, a la que se menciona pero no está, etc.), nunca salen del mismo apartamento. También la duración, una hora y cuarto. Pero da que pensar. Los cuatro personajes, dos parejas heterosexuales adultas que se reúnen para hablar sobre las causas de por qué uno de sus hijos ha agredido al otro y cómo reconciliar posiciones. Cada uno de estos personajes refleja una posición dentro del panorama actual: la intelectural progresista, el vividor escatológico, la mujer callada con complejo de culpabilidad, el cínico impenitente. Hay hipocresía, hay una extrema falsedad, hay una tendencia a mostrar varias caras. Al final la excusa para montar la reunión, la pelea entre sus hijos, es lo de menos, mostrando la dualidad que vive cada padre y madre en la sociedad contemporánea, entre la de ser alguien cuyo cometido es cumplir sus deseos y aspiraciones individuales tal como lo prescribe la sociedad de consumo, y la imagen que debe dar al mundo de progenitor responsable.

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